jueves, 3 de diciembre de 2009

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Había leído que había un templo budista muy importante y lo tenía como primer número en su lista: el Templo Swayambhunath, conocido popularmente como el Templo de los Monos, que se comportaron de la manera más irreverente posible en el recinto.

"Bueno" - pensó el viejo - "al fin y al cabo es su templo"Lo único malo es que los monitos se la pasaban entre quitarle comida a los visitantes, rebuscarse comida en cuanto lugar se podía y a copular felizmente.Digo que "lo único malo" porque esto último dejó al viejo con una sensación de añoranza que no le resultaba muy cómoda.

No había contado con que la entrada conocida como la de las "escaleras infinitas", también conocida como la de los peregrinos, sí parecía no terminar nunca. Y después resultó que eran 300 escalones, que no le agradecieron sus pies a medio camino. Aunque, una vez arriba, la vista de todo el Valle de Kathmandú le hizo olvidar el dolor en los tobillos. Además, el viento jugaba con los saris de las visitantes hindúes de tal forma que parecía una colección de cometas multicolores todas juntas en el suelo y moviéndose para alzar vuelo.

-"De lo que se está perdiendo"-

Aunque también recordó que en Tailandia llegó un momento en que se aburrió de ver tanto templo y tantas estatuas de Buda propagandeadas como "la más grande del mundo."Pero el templo era, realmente, más que eso, le pareció al viejo.

Para empezar, se impresionó con la hilera de "prayer wheels" o dispositivos cilíndricos cubiertos de pan de oro y que al darlesvuelta equivalían a un rezo.

Él entró en la fila de gente que decidían enviar un mensaje al infinito.

Y a lo mejor le llegaría a ella, también.