martes, 22 de diciembre de 2009

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Lo primero que hizo luego de desayunar fue caminar hacia la Avenida do Contorno, la cual circunvalaba las partes más importantes de la ciudad. Ahí abordó un autobus que le hizo el recorrido que siguió en su mapa. En esta ocasión sería transporte público -- autobus -- y caminando.

Su aparthotel estaba en el área llamada Savassi, la cual era considerada segura, tenían muchos lugares para comer y la mayoría de las atracciones turísticas estaban lo suficientemente cerca como para caminar.

Bueno, esa era la teoría. Pero lo cierto es que había dejado su bastón en Panamá -- realmente lo olvidó -- y se encontró con que las aceras estaban adoquinadas, lo cual le dificultaba el caminar, aunque la vista hacia las mismas era preciosa por el patrón de colores que formaba.

De manera que, se dió cuenta de que realmente dependía de sí mismo -- nadie que lo rescatara si se tropezaba al caminar. Y, tratar de comunicarse en portugués no le fue nada fácil.

Había vivido en Europa durante varios años y se había familiarizado con el portugués original, pero lo que se hablaba en Brasil no se le parecía en nada, especialmente cuando oyó que algunas consonantes se pronunciaban de manera totalmente diferente, por lo que decidió mejor hablar italiano lo cual, por alguna desconocida razón, le funcionó bien. Para remate, la mayoría de las personas no hablaban inglés, que lo sacaba de apuro cuando no conocía el idioma del lugar.

Belo Horizonte era el paraíso para el caminante. Fue hasta el Parque Municipal Américo Renné Gianne donde halló un precioso lago y muchos recovecos donde podía sentarse bajo la sombra de un inmenso árbol y practicar su deporte favorito: mirar a la gente. Y, en esta ocasión, pudo ver cuando varios policías hicieron una redada y se llevaron presos a quienes parecían ser ilegales o vagabundos bajo influencia de drogas.

También se encontró ante un edificio antiguo e inmenso que tenía una composición de tres estatuas de bronce de tres señores conversando. La misma tenía tanta vida que puso su cámara en automático, se incorporó al grupo y se tomó una foto. Ya en casa la tituló "conversación entre políticos."

Llegó la hora de almuerzo y simplemente siguió a un grupito de oficinistas que entraban en pequeños restaurantes donde vendían comida "por el peso." Esta modalidad le era totalmente desconocida, y por algunos Reales comió arroz, frijoles, carne y ensalada verde. Lo anterior se acompañó de un mini-café de cortesía. Decidió que ésta sería la rutina de almuerzo para los siguientes dos días.

En cuanto a la cena, cerca del hotel había un pequeño mini-super donde compró queso, carnes frías, sodas, pan.....

Pero su mayor disfrute fue el aroma de la ciudad: limpieza.