miércoles, 23 de diciembre de 2009

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Como le había mencionado el compañero del vuelo la gente de Belo Horizonte era, en efecto, muy cortés y amigable. Y logró sentirse medio acompañado con los gestos de saludo de las personas que caminaban.

Mas, se sintió extraño en la cocinita del apartohotel cuando decidió prepararse su cena. La colación nocturna era casi un ritual en su casa, cuando siempre se sentaba en el mismo sitio y ponía un vaso con agua adicional en el lugar al frente, como esperando que ella llegara a acompañarlo. En esta ocasión no colocó el vaso y se sentó a comer su emparedado con una Coca Cola muy consciente de estar solo.

La hora de comer siempre le resultaba incómoda, lo cual trajo como consecuencia a través de los años que hubiera perdido cerca de veinticinco libras. En dicho momento se le hacía difícil tragar, y ninguna vianda se le hacía atractiva. En esta ocasión notó que tenía hambre y estaba comiendo con ganas. Y hasta hizo una lista mental de cositas que compraría para las dos cenas siguientes.

Cuando comía en un restaurante siempre buscaba una mesita apartada. Pero se dijo que en el comedor al día siguiente buscaría una mesa en la cual hubiera alguien sentado y así hacer algo de vida social. La práctica no era frecuente en Panamá pero en países en los cuales los restaurantes estaban muy congestionados era común compartir mesas. Y parecía que en los comedores de Belo Horizonte se podía hacer.