jueves, 7 de enero de 2010

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Durante los primeros meses se mantuvo bastante ocupado con sus clases tanto de italiano como de la especialidad que había decidido aprender. Y no le quedaba mucho tiempo para hacer turismo.

Como deber cultural un domingo se fue a San Pietro, donde coincidió con una misa ante la cual no se concentró mucho por estar mirando a su alrededor. Y como nunca había sido muy religioso, a pesar de haber sido llevado por su abuela a varias procesiones en Panamá, rezando durante el trayecto y doliéndole los pies al caminar sobre las calles adoquinadas del Casco Viejo, se sintió muy ambivalente en la majestuosa catedral capital del mundo católico.

La opulencia en oro y mármol que adornaba el recinto le hizo recordar al curita de su parroquia, que no lograba recoger suficiente dinero para ayudar a alimentar a los pobres que llegaban todos los sábados a buscar alguna limosna, ya fuera en dinero o en especies. Claro, los miembros de la parroquia eran todos pobres, pero cuando llegaba la colecta anual de la campaña arquidiocesana todo iba a un fondo común, una parte iba para Roma y no parecía quedar casi nada para quienes habían donado con fervor y sacrificios.

Al final concluyó que toda la burocracia eclesiástica era como una gran Asamblea Nacional, en la cual los altos funcionarios reciben los mayores beneficios y la parte baja del embudo se distribuía entre muchos con mucho menos.

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