viernes, 8 de enero de 2010

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También recordó un comentario que una vez le escuchó a su terapeuta cuando se refirió a un viaje que hizo a Quito.

El doctor relató que entró en una iglesia en la parte antigua de la ciudad y quedó apantallado con la revestidura de pan de oro de toda la iglesia y de todos los altares que estaban colocados a cada lado de la nave principal.

Parece que el terapeuta quedó impactado al ver a una indiecita descalza, cargando una bebé, llorando mientras hacía alguna petición a una imagen de alguna versión de la Virgen María. Y añadió que le provocaba arrancar un pedazo de oro ya fuera del ropaje de la estatua o del altar para dárselo a la representante de la miseria humana para que lo vendiera y pudiera salir de su apuro. Porque vió un sacerdote pasar cerca y hacerse la vista gorda.

De manera que el joven decidió no regresar al Vaticano a menos que tuviera que llevar a alguien como guía turístico improvisado. El resto de las visitas a otros centros de atracción extranjera tendría que esperar.

Pero sí se llevó un chasco cuando caminando del Vaticano hacia Castel Sant' Angelo alguien le susurró finocchio al pasar a su lado.

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