jueves, 21 de enero de 2010

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Un día amaneció con ganas de hacer algo de turismo aventurero, y decidió tomar el tren un viernes para ir a Mónaco. Como no tenía que gastar de su dinero había logrado ahorrar una cantidad considerable a través del tiempo. Y, viajar solo no le molestaba porque como "de todas maneras siempre estoy solo...."

De manera que fue a Termini, la estación de tren de Roma, y pidió "un biglietto per Mónaco."
Lo compró en primera clase porque, aún así, los trenes italianos en aquellos tiempos no tenían los asientos más mullidos del mundo. Y tampoco quería comprar uno de "wagon lit" porque le parecía demasiado caro una cama para un viaje nocturno. Con suerte tendría un puesto para tres en el compartimento y lograría dormir bien.

El tren partió a las once de la noche, y el joven se durmió casi que de inmediato al vaivén de la mecedora mecánica que parecía el vagón. Despertó súbitamente cuando dejó de mecerse al detenerse en una estación. Miró hacia afuera y leyó Verona, la última estación antes de cruzar la frontera para Alemania.

-"¿Qué carajo?"- Tomó su maletín y se apeó rápidamente para dirigirse a la ventanilla de venta de tiquetes.

-"En efecto, ese tren va para Mónaco. O sea Munich"- le respondieron.

Y resultó que debió pedir un boleto para Il Principato di Mónaco en lugar de Mónaco a secas.
De manera que decidió quedarse a ver la ópera Pagliacci, cuya propaganda estaba en una pared de la estación de tren.

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