viernes, 22 de enero de 2010

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Encontró un pequeño hotel frente a la estación. De hecho, casi todas las estaciones de tren italianas tienen hoteles en sus alrededores. Y tomó una pequeña habitación con el baño al final del pasillo.

Pasó el día recorriendo la ciudad de Romeo y Julieta, que mantenía suficiente de su antigüedad como para imaginarse a los amantes de Verona corriendo entre sus callejuelas. Lástima, pensó, que no había gelato en aquél tiempo.

La Arena di Verona era una construcción que recordaba los coliseos romanos, aunque no le pareció que fuera realmente antigua. Y la presentación de Pagliacci estuvo a la altura de sus expectativas.

Como ya había comprado su boleto de regreso a Roma anduvo caminando al salir de la presentación, pero encontró que todo cerraba bastante temprano. De manera que no pudo tomarse la copa de vino que le apetecía.

Al entrar al compartimento del tren vió que había cuatro personas. Iba a ser un viaje diurno y, por lo visto, acompañado por una familia de padres cuarentones y un par de hijos adolescentes.

No tuvo ninguna dificultad en entablar conversación. A pesar de que hablaban uno de los tantos dialectos italianos se comunicaban en italiano regular con nuestro joven.

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