miércoles, 10 de marzo de 2010

Confirmando las enseñanzas


En el transcurso de los últimos años, especialmente el último, he podido llegar a una conclusión que tiene valor clínico, longitudinal.

Siempre tuve mis puntos de vistas muy "cuadrados" sobre el tema de orientación sexual y su desarrollo, especialmente en el aspecto social.

El enfoque en el fondo siempre era que la persona tenía que aceptarse como tal y luego evaluar las variables que la caracerterizaban.

También estuve pendiente del gran riesgo de depresión y, por lo tanto, fragilidad ante las realidades de la vida en lo que antes se llamaba simplemente "homosexual...."

Hoy día he descubierto que no estaba equivocado. Pero la empatía que tenía y que me permitía "ponerme en los zapatos" de mis pacientes no era suficiente para vivir lo que mis pacientes vivían.

El rechazo a partir de las personas menos esperadas, y la tolerancia y aún aceptación de personas inesperadas lanza a la persona a un difícil torbellino del cual hay que salir haciendo gala de la famosa inteligencia emocional..... Y más fácil es decirlo que hacerlo.

Y la edad no ayuda mucho, porque entre más viejo más afincadas las costumbres. Pero.... aunque muchas construcciones modernas se derrumbaron en Chile, algunas viejas se mantuvieron.....

N.B.: La foto es cortesía de mi cámara en un pequeño museo privado, que espero no se venga abajo si tiembla en Ciudad de Panamá.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Como se hace para saber lo que hay que hacer ante cada situación para no caer en la desesperación ante el constante rechazo del mundo.

omega

alejandro canton-dutari dijo...

Realmente, el asunto es aprender a través de las experiencias previas de uno mismo o de lo que se observa que le ocurre a otras personas.
A.d.o.

Anónimo dijo...

Anónimo dijo...
Nada en la nevera

Las redes sociales como Facebook se convierten en inmensas neveras llenas de maricones en las que almacenamos nuestros futuros ligues y gracias a las que podemos disponer de ellos en cualquier momento y lugar, según nos venga en gana, como meros objetos de consumo dispuestos para satisfacer nuestras necesidades.

Las nuevas tecnologías han transformado el mundo de las relaciones sociales (como si estuviera descubriendo yo la pólvora a estas alturas): la democratización de Internet y los nuevos usos derivados de las redes sociales han conseguido que las formas de comunicación sean diferentes a las que tenían lugar hace décadas. Porque, queridos lectores, hace décadas para establecer un proceso comunicativo había que hacer un esfuerzo que te implicaba directa o indirectamente con el receptor de tu mensaje: ya fuera por vía epistolar, telefónica o cara a cara. Sin embargo, con la invasión tecnológica, todo ha cambiado.

Ahora, gracias a las redes sociales como Tuenti, Facebook, Twitter y otras (y estas sólo por mencionar las más conocidas, que las hay a montones), teniendo como precedente el famoso sistema de mensajería instantánea de Msn (o sea, el messenger) cualquier persona puede disponer de lo que se denomina una “nevera”. La palabra nevera, además de referirse a ese electrodoméstico de la cocina en el que la gente normal guarda la comida y los productos fácilmente perecederos (esto os lo dirá cualquier endogámic... académico de la Lengua), tiene también la función de referirse por regla general a aquello que se guarda para otra ocasión, para más adelante. No hay que ser un lince para comprenderlo: es lo que se hace con la comida en cualquier caso, se deja para cuando se tenga apetito.

Pues bien, gracias a la facilidad con la que somos capaces de construir y mantener redes sociales sin necesidad de emplear demasiado tiempo y esfuerzo existe lo que se conoce como la nevera de personas. Al principio nos vendemos la moto de que la red social en cuestión a la que nos adscribamos sirve para estar al tanto de la vida de nuestros amigos más alejados espacialmente (tu amiga de Barcelona) o incluso más cercanos (tu compañero de corredurías nocturnas que vive dos calles más abajo), de tus familiares menos allegados (tu prima la de Albacete) y de contactos profesionales (tu compañero de facultad que ahora es empresario). Sin embargo, muy pronto, uno empieza a añadir a gente que conoce de marcha y que parece maja, gente a la que se ha cepillado y con la que interesa continuar manteniendo el contacto por si en el futuro se repite, tipos que están como para mojar pan y que consiguen que los calzoncillos se nos bajen hasta los tobillos y otros seres de índole similar que, globalmente, reciben el nombre de “paluegos”: a este no me lo zumbo ahora, mejor lo añado al Facebook, flirteo con él y lo dejo pa' luego, pa' otro día. Estos contactos conforman una tupida red de posibles candidatos a ponernos palotes en la que uno siempre puede inmiscuirse, en cualquier momento. Y esto es lo que se conoce como nevera.

En mi caso, y seguramente en el de muchos de mis lectores (que nadie mire hacia otro lado), esa nevera está llena de maricones, pero eso es porque, por si no había quedado bastante claro, a mí me gustan los hombres. Lo cual tampoco quiere decir nada, porque yo conozco a tipos y tipas que tienen en la nevera de todo, independientemente de lo que les guste, porque las neveras cumplen una importante función también a la hora de reforzar nuestra autoestima y nuestras necesidades afectivas: cuanta más gente haya dispuesta a dorarnos la píldora y a decirnos lo guapos que estamos en esta o aquella foto, más grande creeremos que la tenemos y mejor nos sentiremos con respecto a nuestra capacidad de atracción

Anónimo dijo...

Veamos un ejemplo. Pongamos por caso que Antonio (que es un personaje ficticio que me acabo de sacar de la manga; lo digo por si te llamas Antonio y te das por aludido) está en su casa una mañana, completamente aburrido porque está en paro (esto es lo más probable, pero también se acepta la opción “Antonio estaba una mañana en su puesto de trabajo completamente aburrido porque lo que hace es una mierda malpagada que no se corresponde en absoluto con lo que ha estudiado o con sus sueños laborales”). Antonio se siente solo, se ve feo esta mañana o está jachondo perdido. Entonces se conecta al Facebook y empieza a interactuar con Mario (al que conoció a través de un perfil), Francisco (que se lo presentó su amiga Pili afirmando que era taco de majo), Miguel Andrés (con el que flirteó una noche en un bar de ambiente) y Paco (su ex novio al que abandonó y del cual sabe que todavía se bebe los vientos por él). Con todos mantiene un tonteo bastante interesante basado en comentarios escuetos pero directos.

Cuando Antonio queda con alguno de estos chicos, si es que llega a quedar, no profundiza excesivamente en sus personalidades, ya que sabe que seguirá teniéndolos en su red de contactos y que podrá disponer de ellos cuando se le antoje, con sólo hacer un par de clicks y entendiendo siempre que este flirteo por la red no implica nada. Porque eso es lo mejor: que Antonio puede ponerle en el muro a Paco que le quiere y luego decir que era broma y que él lo ha malinterpretado, aunque supiera a ciencia cierta que Paco se iba a correr en los pantalones en cuanto lo leyera. Antonio tampoco piensa en tener algo especial con ninguno, porque eso supondría que no podría hincarle el diente al resto de maricones de su nevera, renunciar a comérselo absolutamente todo según le venga en gana.

Tener una amplia red de contactos no es algo malo por sí mismo. Yo no soy partidario de demonizar las nuevas tecnologías ni de crucificar el medio Internet porque sí. De hecho, las redes sociales pueden constituirse como una enorme ventaja para la inclusión social y para facilitarnos la vida y las relaciones en general. El problema es el uso que se hace de ellas, cuando, como siempre, surge el egoísmo y los maricones nos terminamos convirtiendo en meros objetos de consumo con los que otros maricones sacian sus necesidades de estima, sexo y afecto de manera momentánea y esporádica. Nos llenamos la nevera los unos a los otros y nos prestamos a matar el gusanillo de Antonio y otros muchos a diario siempre y cuando ellos nos maten el gusanillo a nosotros cuando surjan esas necesidades sexuales, de estima o de afecto. Es un intercambio que a la larga no deja de ser como una droga: cada vez que nos sintamos feos, poco dignos de ser amados o cachondos perdidos entraremos en nuestro Facebook y siempre encontraremos a alguien dispuesto a decir las palabras mágicas.

Y seguirá siendo así hasta que nos demos cuenta un buen día de que, a menos que fomentemos otro tipo de relación con estas personas que no esté basada en el utilitarismo, tener esto en la nevera es, realmente, lo mismo que tenerla vacía.

alejandro canton-dutari dijo...

Anónimo y las "neveras": Tu hipótesis suena bien interesante, aunque no puedo estar de acuerdo con aquello de que ni Facebook esté llena de maricones ni de que la mayoría de los integrantes del mismo sitio social lo sean.... En fin.... hay de todo en las neveras, pero generalmente es adquirido por los dueños de la nevera....
A.d.o.