martes, 5 de enero de 2010

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Aldo no trabajaba en un hospital romano sino en una organización internacional. Esto lo convertía, básicamente, en un médico viajero, trasladándose de un país a otro dependiendo de la emergencia que surgiera.

Lo anterior no hubiera tenido ninguna importancia salvo la posibilidad de pasar largos lapsos fuera de Italia, dejando al muchacho solo durante su período de adaptación. Pero éste decidió que le convendría para ponerse las pilas.

Mas, el tema sí le ocupaba algo de tiempo porque su idea de una vida en pareja era bastante tradicional, especialmente con la presencia constante de ambos, y no le agradaba la idea de quedarse solo por mucho tiempo. En su interior, alentaba la esperanza de que Aldo cambiase a un trabajo con base en Roma.

Logró matricularse en una serie de clases privadas con énfasis en hablar italiano más que escribirlo y leerlo. Pensaba que había suficiente similitud con el español para hacerlo de esta manera. Y se mantuvo alrededor de tres meses en un plan de clases diarias con el domingo libre.
Aldo estaba en algún lugar de América en un plan de tres meses, también. De manera que no había más remedio que hablar el idioma nativo y cero español porque aún no había podido conocer hispanoparlantes. Resultado final: aprendió a manejarse analfabetamente en italiano con suma rapidez.

Además, aprovechó para ver qué tipo de hospitales había en la ciudad para luego regresar a ofrecer sus servicios una vez que Aldo regresara al país.