lunes, 17 de noviembre de 2014

De Lagartijas y Genética

De Lagartijas y Genética
Alex Canton-Dutari

Recuerdo que hace muchas décadas -- era aún joven -- nuestro apartamento en Calle 2a. en la Ciudad de Panamá lo compartimos con una familia de lagartijas pequeñas, su cuerpo de color casi negro y su cabeza de un naranja intenso.  Las conocía como limpia casas. La teoría me decía que estos animalitos comían toda clase de bichos pequeños -- hormigas, moscas, arañitas y una que otra cucaracha.  En todo caso, eso era lo que la Madre Naturaleza había determinado, pero a mí siempre me pareció que se quedó corta porque nunca dejé de ver insectos recorriendo plácidamente todo el apartamento.

No sé por qué le tomé cariño a las lagartijas bicolor.  Tal vez pensaba que evitarían que los insectos crecieran hasta tamaños desproporcionados como se veían en películas a blanco y negro que se hicieron populares en la década de los años cincuenta el siglo pasado.  Mientras hubiese lagartijas una gran mantis religiosa no se metería en mi casa para llevarme como almuerzo.

Cuando nos mudamos a Betania desapareció mi preocupación sobre los insectos gigantes.  También dejé de percibir las lagartijas.  Es posible que estuviesen por ahí, pero yo no las veía.

Los años pasan y muchos recuerdos se archivan en algún depósito en la memoria cerebral.  Pero reaparecen de manera poco usual.  Me fui al extranjero por varios años y cuando regresé de vacaciones en una ocasión lo primero que realicé cuando me vi en mi habitación fue un sonido seco, corto y repetitivo.  Cuando encontré su origen descubrí una lagartija -- eso parecía -- similar a las por mí conocidas, pero sin sus colores negro y naranja.  Ésta era de color crema, casi tan transparente que sus órganos internos eran casi identificables.

Puedo estar algo desubicado en cuanto al tiempo -- dicen que a mi edad es más fácil recordar cosas antiguas que las recientes.  A lo mejor esto no sea tan cierto nada.  Entendí que en algún momento llegó un barco procedente de Filipinas y varias lagartijas orientales se apearon en el Puerto de Balboa.  Y parece que sus contrapartes bicolores se prendaron de las claritas y, curiosamente, su descendencia no fue monocolor, como se esperaría de una combinación de café con leche. Salieron blanquitas y tan fuertes que las panameñas desaparecieron.  Ni siquiera quedaron algunas que pudiesen considerarse culisas, como en las combinaciones de etnias humanas.  Debo admitir que no me impactó la desaparición de una especie.

Han pasado años, y lo único que ha permanecido inalterable ha sido la compañía de mis aves.  Hay algo especial al observar el proceso de socialización, reproducción y convivencia entre ellas.  Fido y Linda, mi parejita de periquitos australianos estaba por iniciar su familia.  Su mayor enemiga era la hormiga, especialmente las negras que tratan de meterse a los nidos y comerse los pichones.

En mi apartamento de abuelo no hay lagartijas, pero Dieguito me anunció que en el área de la cocina de su casa habían aparecido las lagartijas transparentes -- algunos las conocen como guecos. Mi solución fue capturar algunas y llevarlas a mi hogar, resultando que poco a poco logré trasladar alrededor de 6 o 7, y las solté en diversos lugares de mi lar.
Linda puso su primer huevo hoy, y yo hice un descubrimiento que me pareció fantástico. Al despertar observé una lagartija de cuerpo negro y cabeza naranja.  Todo parece indicar que Madre Natura efectuó el <salto atrás>. Un gen de nuestras bicolores estaba ubicado entre uno de sus padres y peleó hasta imponerse. 


Decidí que dos problemas se resolvieron.  Mis animalitos estarán protegidos contra insectos peligrosos.  Y reapareció una especie desaparecida.