viernes, 16 de diciembre de 2016

Reflexiones sobre mi 2016

Reflexiones sobre mi 2016

Debo admitir que entré al 2016 con gran tristeza debido a dificultades existenciales de tipo personal y tal vez por sobrevivencia.  La Navidad pasada no fue alegre, a pesar de todos los intentos de compensación de pérdidas temporales.

Esta Navidad, 2016, el panorama es diferente.  Las pérdidas afectivas fueron recuperadas, y logré hacer mi fiesta de abuelo y todos los nietos.  Para mí, la época festiva se ha completado.  Con esto confirmo que si no hay unión familiar la Navidad no existe para mí.

Con mi nieto Javier he celebrado Hanukkah, simplemente para que recordemos nuestros orígenes.  Ciertamente, no conlleva toda la rigurosidad religiosa, pero sí jugamos Dreidle durante todos los días correspondientes, incluyendo los regalitos, sencillos, acostumbrados.

Este año no he pasado por cirugías, lo cual ha sido muy bueno tanto anímicamente como económicamente.  Aunque debo admitir que las crisis de dolor han sido la orden del día, y me gustaría pensar que en algún momento podré pasar un día sin dolor en alguna parte del cuerpo.  En fin, la artritis reumatoide es así, y hay que aprender a llevarla.

Como trato de no dejarme vencer por las enfermedades, este año me fui a visitar a mi amigo Ernesto Cerrud a Nueva Delhi.  Esto fue en el mes de febrero.  Jamás había visitado un país con mayores contrastes sociales; fue fascinante.  Además, contra todas las advertencias de mis espantadas nueras, viajé desde Panamá a Los Ángeles, donde estuve con mi hermana Gladys por dos días, y luego en el vuelo sin escalas más largo del mundo -- Los Ángeles a Dubai.  Y de ahí hasta Nueva Delhi, India.  Y como me encanta probar aviones nuevos, elegí Emirates porque volaban el Airbus A-380 de dos pisos.  Es la segunda vez que le doy la vuelta al mundo. La primera fue cuando fui a Kathmandú, Nepal, hace unos 5 años.

Hace un mes fui a San José, California, a visitar a mi sobrino-ahijado Manuel Palacios.  Y pasé una semana maravillosa con Carla, mi sobrinita Verónica y su abuelita Nuria.  Durante ese viaje aproveché para participar de una reunión con algunos de mis compañeros de universidad -- San Jose State University.  Jane había estado en Panamá hace varios años; Carl y Carol vinieron desde Sacramento, y Polly llegó con su esposo Jim.  Yo no había visto a Jim desde 1965.  Almorzamos en un restaurante italiano -- Mamma Mía -- y luego fuímos a la universidad a recordar viejos tiempos.
Los tiempos eran viejos, pero nuestro espíritu se mantenía joven.

Un día regresé a la universidad con Doña Nuria y nos encontramos con la estatua alusiva a los dos ex-alumnos de SJS que alzaron los brazos con la señal de Black Power en las Olimpíadas de 1964 en México.  Unos japoneses se tomaron fotos conmigo ante el monumento cuando les comenté que yo era compañero de esos atletas y que los veía practicar desde mi dormitorio todas las mañanas.

Este año no escribí nada, excepto unos cuantos artículos relacionados con el proyecto de ley de salud sexual y reproductiva -- que se archivó, para variar -- y otros sobre la salud mental y sexual. Empero, sí estoy escribiendo un libro que espero terminar en el 2017.  No será ni cuento ni novela sino algo completamente diferente.

Cumplí un año de haber regresado a la clínica, a la cual asisto una vez a la semana.  Un aspecto diferente es que ahora no me preocupa si es productiva económicamente. Como los psicólogos clínicos no debemos dar consultas gratis, cuando alguien no puede pagar en efectivo le pido que me traiga un café.

El apoyo de mis amigos ha sido incondicional durante esta época de mi vida.  No son muchos, pero son verdaderos.  Sin ellos no hubiera podido seguir adelante, porque una depresión permanente no se puede manejar solamente con medicamentos.

Mis hijos son punto y aparte.  Estos muchachos crecieron con la incertidumbre de perder a su madre en cualquier momento, desde que Emita tuvo su primer accidente cerebro vascular a los 35 años de edad.  Vieron cómo su madre luchó hasta que le llegó su momento final muchos años después, cuando ya ellos eran adultos.  También tengo la impresión de que idealizaron a su padre como invencible, y fue difícil para ellos lidiar con su derrumbe emocional y físico luego de la partida de Emita.

Mi mensaje es sencillo para cualquiera que sea hijo:  Los padres, por mucha fuerza que aparentemos tener, no somos Superman.  De hecho, ni este personaje de ficción soportó la soledad.

Mi terror permanente es quedar dependiente, físicamente, de alguien.  Este temor me ha ayudado para recuperarme de las cirugías en los pies, especialmente.

Espero que el 2017 me trate con cariño, y que me permita cumplir con mi primera meta: Conocer a Eleonora Palacios, mi sobrinita-nieta afectiva en Londres en la última semana de Marzo.

Finalmente, la foto les dice mi mensaje:







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